Vive Kombucha nació en 2018 entre curiosidad, microorganismos y muchas ganas de hacer las cosas diferente. Soy Angélica, ingeniera en biotecnología y fermentista, y lo que comenzó con kombucha terminó convirtiéndose en una forma de mirar el alimento, el territorio y a quienes lo hacen posible. Hoy me gusta decir que cuento historias a través de los fermentos.
Fermentar es aprender a observar, cuidar y respetar los tiempos. No se trata de controlar la vida, sino de crear las condiciones para colaborar con ella.
Estudié Biotecnología porque quería encontrar maneras de mejorar la calidad de vida de las personas. Y entre todas las cosas que descubrí en la carrera, hubo una que me fascinó especialmente: la microbiología. Me maravillaba —y me sigue maravillando— todo ese mundo vivo que existe aunque no podamos verlo a simple vista.
Mis primeros experimentos con la fermentación fueron haciendo cerveza artesanal. Después hice una pausa y, tiempo más tarde, conocí la kombucha. Comencé a investigar, a experimentar y a entender qué ocurría dentro de cada fermento. Y ahí encontré algo que llevaba tiempo buscando: una manera de unir ciencia, salud y propósito con mi necesidad de crear, inventar y descubrir.


Cuando fermentar se volvió una forma de crear
Con la kombucha llegó también un universo de sabores. Empecé a experimentar con frutas, flores, hierbas y especias; a preguntarme qué pasaría si mezclaba esto con aquello, a probar, equivocarme y volver a intentar. Descubrí que fermentar no solo alimentaba mi curiosidad científica: también me daba un espacio enorme para crear.
Y casi sin darme cuenta, los fermentos comenzaron a llevarme de regreso a la naturaleza. Empecé a mirar distinto los ingredientes, sus temporadas, de dónde venían y quién los cultivaba. La ciencia que me había acercado a los microorganismos terminó abriendo una puerta hacia algo mucho más grande: la tierra, sus ciclos y esa majestuosidad de la vida que todavía hoy me sigue maravillando.
Fermentando una revolución
Hoy Vive Kombucha es mucho más que aquella primera kombucha de 2018. Es un laboratorio artesanal de fermentos vivos donde conviven ciencia, creatividad, saberes tradicionales, ingredientes agroecológicos y otras formas de relacionarnos con lo que comemos.
En el camino llegaron otros fermentos, otras personas, productores, mercados, talleres, viajes y comunidades que han transformado también la manera en la que entiendo este oficio. Porque fermentar nunca ha sido un proceso individual: detrás de cada frasco hay microorganismos, plantas, tierra y muchas manos colaborando.
Fermentando una revolución describe bastante bien lo que hacemos: transformar, experimentar, cuestionar y seguir maravillándonos con la vida.

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